Cada invierno, en la Laguna de San Ignacio ocurre algo que parece imposible: una ballena gris de más de diez metros se acerca por voluntad propia a una pequeña panga y deja que una mano la acaricie. Miles de viajeros lo viven cada temporada como el momento más emocionante de su vida. Pero esa escena, hoy tan natural, tuvo un principio. Y tiene nombre: Francisco “Pachico” Mayoral.
Esta es la historia del pescador que, con un solo gesto, cambió para siempre la relación entre los seres humanos y las ballenas grises.
Cuando las ballenas eran “el pez diablo”
Durante generaciones, las ballenas grises no despertaron ternura, sino miedo. Y el temor venía de lejos. En la época de la caza comercial, entre el siglo XIX y principios del XX, las ballenas arponeadas se defendían embistiendo a las lanchas balleneras hasta hacerlas pedazos. De ahí nació su fama de criaturas feroces y su apodo más temido: el “pez diablo”.
Aunque la caza comercial se prohibió en México a mediados del siglo XX, el miedo siguió vivo entre los pescadores. En la Laguna de San Ignacio, la regla no escrita era mantener la distancia. Muchos incluso golpeaban la madera de sus pangas para ahuyentar a las ballenas y evitar un encuentro que creían peligroso. Convivían con ellas cada temporada, pero siempre con recelo.
1972: el día que todo cambió
Todo se transformó una mañana de 1972. Pachico había salido solo en su panga a pescar cuando una ballena gris emergió justo a su lado. Como cualquier pescador de la laguna, su primer instinto fue la cautela: aquellos animales eran enormes, y su reputación, temible.
Pero la ballena no se fue. Se quedó ahí, tranquila, explorando la pequeña embarcación de un lado a otro. Y entonces Pachico sintió el impulso de hacer algo que nadie se había atrevido a intentar: metió la mano en el agua y la tocó. La ballena, lejos de reaccionar con violencia, se frotó suavemente contra la panga y permaneció casi inmóvil, como si disfrutara del contacto.
En ese instante se deshizo un miedo de siglos. Fue el primer encuentro amistoso documentado entre un ser humano y una ballena gris, y el nacimiento de una de las relaciones más conmovedoras que existen entre nuestra especie y la vida salvaje.

De un gesto nació una tradición
Lo que siguió fue todavía más extraordinario. En lugar de guardarse el momento, Pachico quiso compartirlo. Empezó a llevar en su panga a quien deseara acercarse a las ballenas con respeto y, poco a poco, así nació el turismo de avistamiento tal como se vive hoy en San Ignacio.
La historia tiene, además, una coincidencia asombrosa. Ese mismo 1972 marcó un antes y un después para las ballenas grises en varios frentes:
- El gobierno de México declaró la Laguna de San Ignacio zona de refugio para las aves migratorias y la vida silvestre.
- Las Naciones Unidas votaron a favor de poner fin a la caza comercial de ballenas en el mundo.
- Estados Unidos aprobó la Ley de Protección de Mamíferos Marinos.
Al año siguiente, la ballena gris quedó incluida en la Ley de Especies en Peligro de aquel país. Fue como si el gesto de un pescador y la voluntad del mundo se hubieran alineado para proteger a estos gigantes. Ese cambio de actitud de las ballenas —acercarse a las embarcaciones en lugar de huir— sigue asombrando a la ciencia; puedes conocer más en nuestro artículo sobre el comportamiento de la ballena gris.
Un legado que sigue vivo
Pachico dedicó el resto de su vida a las ballenas, a los científicos que llegaban a estudiarlas y a los visitantes que venían a conocerlas. Llegó a decir que las ballenas eran su familia y que cada invierno las esperaba como se espera a los seres queridos. Falleció en 2013, a los 72 años, pero su legado quedó sembrado en toda la comunidad de la laguna; hoy, un mural en el pueblo de San Ignacio recuerda su figura.
Su historia también ayudó a algo más grande. Al mostrarle al mundo cuánto valen estas ballenas vivas y libres, encendió una conciencia que años después sería clave para proteger la laguna de las amenazas industriales. Esa batalla la contamos en cómo se salvó la Laguna de San Ignacio.
Vive el legado de Pachico en San Ignacio
En Kuyimá forman parte de esa comunidad que heredó el legado de Pachico: la de recibir a las ballenas con respeto y asombro, nunca con miedo. Sus guías locales llevan más de tres décadas acompañando a los viajeros al encuentro con la ballena gris, cuidando cada momento tal como enseñó aquel pescador que se atrevió a tender la mano.
Por eso invitan a quienes quieran vivir esa misma magia a sumarse a un tour de avistamiento de ballena gris en la Laguna de San Ignacio y a comprobar, con su propia mano, por qué un solo gesto fue capaz de cambiar la historia.















