Hoy, cuando una ballena gris asoma su cabeza junto a una panga en la Laguna de San Ignacio y se deja acariciar, cuesta imaginar que este lugar estuvo a punto de desaparecer bajo toneladas de sal industrial. Pero así fue. A finales del siglo pasado, este santuario —uno de los rincones más puros del planeta— se convirtió en el escenario de una de las batallas ambientales más importantes de la historia.
Esta es la historia de cómo un grupo de personas, dentro y fuera de México, logró frenar a una de las corporaciones más poderosas del mundo y salvar el último refugio virgen de la ballena gris.
Un rincón único en el planeta
Para entender lo que estaba en juego, hay que entender qué es la Laguna de San Ignacio. Ubicada en el municipio de Mulegé, en Baja California Sur, forma parte de la Reserva de la Biosfera El Vizcaíno, una de las áreas naturales protegidas más grandes de América Latina y Patrimonio de la Humanidad reconocido por la UNESCO.
Cada invierno, las ballenas grises recorren miles de kilómetros desde los mares del norte hasta estas aguas cálidas y tranquilas para aparearse y dar a luz. Y San Ignacio tiene un valor irrepetible: es la última de las grandes lagunas de crianza de la ballena gris que permanece sin desarrollo industrial. Un lugar donde estos gigantes pueden nacer y criar a sus ballenatos prácticamente sin interferencia humana, y donde se da ese fenómeno extraordinario en el que las madres se acercan por voluntad propia a las embarcaciones. A todo ello se suma que la laguna es refugio de aves migratorias, tortugas y una enorme diversidad de vida marina.
En otras palabras: no es un lugar más. Es de los que quedan pocos en el mundo.
La amenaza: una salinera en el santuario de las ballenas
En 1994, la empresa Exportadora de Sal (ESSA) puso los ojos en la laguna. ESSA no era una compañía cualquiera: era —y sigue siendo— propiedad del gobierno mexicano (51%) y de la corporación japonesa Mitsubishi (49%), y ya operaba en Guerrero Negro una de las mayores salineras del planeta, que abastece buena parte de la sal que importa Japón.
El plan, anunciado formalmente en 1995, era levantar en San Ignacio una planta todavía más grande: la salinera industrial más grande del mundo. El proyecto contemplaba, a grandes rasgos:
- Enormes estanques de evaporación que cubrirían buena parte del entorno de la laguna.
- La extracción de cientos de millones de toneladas de agua al año, movida por bombas de gran potencia.
- Un muelle para grandes buques que cargarían la sal rumbo a los mercados internacionales.
Para quienes conocían la laguna, las consecuencias eran alarmantes: alteración de la salinidad del agua, ruido industrial constante, tráfico permanente de embarcaciones y una transformación profunda del frágil equilibrio del que dependen las ballenas y toda la vida del lugar. La conclusión era difícil de esquivar: el santuario y la fábrica no podían coexistir.
Y lo más desalentador era el rival. En aquel momento, detener un proyecto respaldado por el gobierno y por un gigante como Mitsubishi parecía, sencillamente, imposible.

Una batalla que cruzó fronteras
La primera chispa la encendió el investigador Serge Dedina, fundador de la organización WiLDCOAST, quien sacó a la luz los planes. A partir de ahí se desató una de las campañas ambientales más grandes de la historia, con un rasgo poco común: unió a actores mexicanos e internacionales en un mismo frente.
Del lado mexicano, el poeta y activista Homero Aridjis, al frente del Grupo de los Cien, denunció públicamente el daño que causaría el proyecto. Desde Estados Unidos, el Natural Resources Defense Council (NRDC) aportó peso legal y capacidad de comunicación. Y, sobre todo, se sumó la gente común. Entre las muchas formas que tomó esa presión destacan:
- Cerca de un millón de cartas de protesta dirigidas a Mitsubishi y al gobierno mexicano.
- Científicos de prestigio, incluidos especialistas en ballenas, que advirtieron sobre el impacto ecológico.
- Figuras públicas internacionales —desde el explorador Jean-Michel Cousteau hasta el activista Robert F. Kennedy Jr.— que prestaron su voz a la causa.
- Llamados a boicotear los productos de Mitsubishi hasta que la empresa diera marcha atrás.
El mensaje era firme y sencillo: un lugar así no tiene precio y no puede sacrificarse por sal. Sostenida durante cinco años, la presión convirtió una disputa local en una conversación mundial y demostró que la sociedad civil podía plantarse frente a los intereses más poderosos.
El giro decisivo
El desenlace llegó el 2 de marzo de 2000. Ese día, el entonces presidente de México, Ernesto Zedillo, anunció la cancelación definitiva del proyecto de salinera en la Laguna de San Ignacio.
La noticia se celebró como lo que era: una de las mayores victorias ambientales de la historia moderna. Contra todo pronóstico, un movimiento ciudadano había logrado detener a un gigante corporativo. La laguna quedaba a salvo y, con ella, el futuro de las ballenas grises que regresan cada año a dar a luz.
Después de la victoria: el turismo que protege
La historia, sin embargo, no terminó ahí. Proteger la laguna para siempre exigía algo más que cancelar un proyecto: hacía falta ofrecer a las comunidades locales una forma de vida sostenible ligada a la conservación y no a la industria. La vigilancia, de hecho, tuvo que continuar durante años para evitar que la amenaza resurgiera.
Fue entonces cuando el turismo responsable de avistamiento de ballenas cobró fuerza como la gran alternativa. Las familias de los ejidos que rodean la laguna encontraron en el ecoturismo una manera de ganarse la vida cuidando, precisamente, aquello que estuvo a punto de perderse. A ese esfuerzo se sumaron acuerdos de conservación de tierras y alianzas para mantener la laguna a salvo a largo plazo.
Hoy, cada persona que llega a maravillarse con las ballenas forma parte, sin saberlo, de esa red de protección. El turismo bien hecho se convirtió en el mejor guardián del santuario.
Vive la historia desde dentro
En Kuyimá conocen esta historia como pocos: llevan más de tres décadas viviendo y trabajando a orillas de la Laguna de San Ignacio, y forman parte de esa comunidad que eligió proteger la laguna a través del turismo responsable. Sus guías locales acompañan a los viajeros al encuentro con la ballena gris con respeto y cuidado, y comparten en cada recorrido el alma y la memoria de este lugar.
Por eso invitan a quienes quieran ser parte de esta historia a sumarse a un tour de avistamiento de ballena gris en la Laguna de San Ignacio y descubrir, de primera mano, el santuario que el mundo entero ayudó a salvar.















